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Amarse en secreto

Fue un sábado de invierno lluvioso, de esos que te dejan encerrado en tu casa al lado de la estufa, observando como el agua salpica a través de las ventanas. Habrá sido el gris del ambiente, la quietud de las calles, el frío húmedo… no sé; pero me sentía solo, con una necesidad infinita de saber de ti y escuchar tu voz. Te llamé, afortunadamente estabas disponible, invitándote esa noche a mi casa a cenar.

Ya entrada la noche, y cuando terminaba de poner la mesa suena el timbre. En el portal de la puerta estabas tu, esquivando el agua de la lluvia que aún no dejaba de caer, la cual mojaba tus ropas. Estabas un poco más gordo, con más canas en tus sienes, pero siempre con esa sonrisa: la misma sonrisa sensual, coqueta y acogedora con que me habías recibido en tu casa hace cinco años, después de habernos conocido en un chat.

Habían sido 5 años de ir y venir, en donde cada uno había tenido que sortear un sin fin de problemas. Problemas que no habían sido fáciles de solucionar, con varios tropiezos en el camino, pero con paciencia y coraje habíamos logrado salir adelante. Ahora tu a los 50 años y yo a mis 35, estábamos pasando por un periodo de tranquilidad el cual se nota en nuestras rostros.

No dejó de asombrarme lo positivo y alegre que estabas, como los viejos tiempos. ¡Cómo sino! Si me contabas que tus hijos ya habían terminado la universidad, independizándose económicamente de ti; el divorcio con tu esposa había finalizado sin ningún problema, el trabajo te lo estabas tomando con más calma, respetando los horarios de salida; los doctores te habían dado de alta de todos tus males y ya no estabas tomando más remedios. Yo te escuchaba, feliz por ti, perdiéndome en la brillantes de tus ojos, dándome cuenta que eras como el vino: entre más viejo mucho mejor.
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Cuento incompleto

Hay días de primavera que parecen pensados para ciertas locuras. Cuando llegamos al apartamento, alquilado por horas a través de un anuncio de la sección de contactos del periódico, estaba inundado por los rayos inclinados del sol de media mañana de abril. Había una atmósfera que me recordó al de aquellos días de juventud en que una luz como esta nos llevaba a abandonar las clases y dar los primeros paseos de la primavera. Esa sensación de estar haciendo pirola, junto con la luz primaveral me emocionaron e hicieron que, nada mas cerrar la puerta, me fuera directo hacia ella para darle un beso largo y profundo. A mitad del beso mis manos empezaron a acariciar su nuca, el cuello, luego la espalda hasta alcanzar su culo. Empecé a subirle la falda pero no tuve que continuar. Ella se apartó ligeramente de mí y empezó a desabrocharse la blusa; luego se quitó la falda. Se quedó con su conjunto preferido de lencería: las medias, el sujetador y el tanga estaban hechos de la misma rejilla negra. Ese conjunto me pone a mil, y ella lo sabe. Los zapatos de tacón alto le hacían contonearse de una forma que…en fin, dejemos algo para la imaginación de quien lea esto.

Habíamos llegado treinta minutos antes de la hora en que habíamos quedado con mi amante. Con gesto decidido ella miró el reloj y calculó lo que quedaba antes de la cita. Empezó a desnudarme lentamente. No eran caricias, pero mientras me quitaba la ropa iba deslizando la palma de la mano sobre cada parte de mi cuerpo que iba dejando desnuda. Comprobaba, supongo que con orgullo, lo suave que estaba todo mi cuerpo después de su trabajo de la noche anterior; había depilado toda la piel, sobre la que no había dejado rastro de ningún tipo de vello. El trabajo de la cuchilla fue completado por la pómez, el aceite corporal y, ya seco, con una crema levemente perfumada a la mandarina, mi favorito. El resultado era realmente estimulante, y toda la noche anterior había estado acariciando su obra.

Ya desnudo, dispuesta a completar su obra, me hizo un gesto para que diera una vuelta delante de ella, sentada en el borde de la cama con su mirada profesional. Sacó de su bolso un neceser con cacharros de maquillaje. Como si lo hubiera hecho toda la vida fue cubriendo con una crema de maquillaje las zonas en las que la cuchilla había dejado algún rastro de su paso, sobre todo el pubis. Nuevo vistazo profesional, que debió resultarle satisfactorio. Terminada esa parte, empezó con el resto: Espuma fijadora en el pelo, que peinó echándolo todo hacia atrás, al estilo garçon, maquillaje en la cara, ojos perfilados, y un suave tono rosa de carmín.

Entonces empezó con la ropa: no sé de donde sacaría esos guantes largos de terciopelo negro, porque nunca antes los había visto por casa, pero el caso es que acabaron entrando en mis manos pese a no ser de mi talla. Lo que si reconocí fue el tanga rojo, de tela satinada, formado solo por el triangulo delantero y unos cordones del mismo color, que se unían detrás con un pequeño adorno en forma de botón. A duras penas ese breve trozo de tela conseguía domeñar lo que estaba encabritado. Sólo al final, nervioso por el éxito de la cita, se apaciguó mi naturaleza y el tanga pudo cumplir su cometido.

El cordón de grueso algodón blanco lo había visto varias veces en el cesto de las lanas, resto de alguna labor de macramé o similar. Me sorprendió verlo salir de su bolso, porque no habíamos hablado nada sobre esto. Estaba claro lo que iba a hacer con él, por lo que no tuvo que decir nada, solo un gesto y le aproximé mis muñecas. El gancho del techo por el que pasó el otro extremo del cordón me había pasado desapercibido al entrar en el apartamento, y estoy seguro de que de no ser esto un cuento no existiría; tengo que reconocer que no es normal que eso pase, pero un cuento es un cuento…
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Alicia

Alicia

Mi vida con Alicia, mi anterior compañera sentimental, fue bien sexualmente hablando hasta que terminó la universidad y encontró un trabajo. Hasta entonces, practicábamos el sexo en sus diversas formas y posturas tratando de no ser repetitivos, salvo el sexo anal, a lo cual ella siempre se ha negado, pero no me parecía importante, aunque yo sea muy liberal en cuanto al sexo, porque ambos quedábamos totalmente satisfechos. Pero como ya dije, el comienzo de su vida laboral provocó que la frecuencia de nuestras relaciones sexuales disminuyera, su horario era francamente malo y para colmo, nos resultaba difícil coincidir en nuestras vacaciones.

Debo admitir que con el tiempo empecé a masturbarme tres o cuatro veces a la semana. A pesar de mis intentos para convencerla tratando de buscar momentos, situaciones estimulantes, ella aludía con frecuencia al cansancio y naturalmente me tenía que aguantar. Por otro lado ella nunca me quería hablar de sus experiencias sexuales anteriores a mí, ni si tenía alguna fantasía, si salía el tema me decía que si actualmente gozábamos el uno del otro, qué mas daba.

Durante una primavera, en el mes de Abril, ella pudo conseguir tres días de vacaciones, que quiso combinar con un fin de semana para visitar a una vieja amiga común a la que ella le tiene mucho afecto. Brigitte es una mujer francesa que se instaló en nuestro país hace varios años. Ella y su ya difunto marido montaron un negocio de paseos a caballo a las afueras de una pequeña localidad a unos 400 km. No tiene hijos de modo que ella lleva sola el negocio y dado que estaba haciendo unas reformas, Alicia pensó en echarle una mano.
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Yo me considero una persona bisexual, pero mi primera relación sexual fue con un hombre, y eso ocurrió cuando yo tenia 15 años de edad, igual que el hombre que es responsable que yo escriba este relato que es verdadero.

Éramos compañeros de colegio, y desde siempre lo fuimos, es decir desde los seis años de edad nos conocíamos, éramos vecinos y estudiamos en la misma escuela y colegio, siempre fuimos buenos amigos, es mas el siempre fue mi mejor amigo, su nombre es Luis.

En mi casa yo no pasaba mucho tiempo porque mis padres trabajaban y necesitaba que me ayuden a realizar las tareas de la escuela y colegio, es por eso que casi a diario iba a casa de Luis y allí pasaba muchas horas haciendo las tareas de escuela o colegio, su mama me quería mucho y me trataba como un hijo más, el tenia un hermano menor con 2 años de diferencia, pero solo Luis y yo pasábamos juntos haciendo los deberes, jugando, viendo televisión, jugando, en fin todo lo que dos chicos de la misma edad hacen.

Pero desde el primer día que le conocí, a mis seis años de edad, me di cuenta que el me gustaba muchísimo, me atraía mucho y yo le quería mucho, pero ya a los 15 años de edad que teníamos ese entonces, ya hablábamos de sexo y de las chicas, y que se nos paraba el pene, entonces un días de esos, mutuamente nos preguntamos si ya nos salía leche, entonces ambos dijimos que si y que es muy rico, por lo que yo le pedí que si podemos vernos los penes, a lo que el gustoso dijo que si, y como ese día estábamos solos en su casa, y su madre tubo que salir a la calle junto con su hermano menor, fue la oportunidad para que algo tan hermoso empiece entre nosotros.
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Beatriz y sus veranos

A mis 34 años de edad poseo ya una dilatada y variopinta vida sexual, que por diversos motivos que ahora no vienen al caso he decidido contar, utilizando este medio que nos ofrece las nuevas tecnologías.

Como digo mis experiencias vitales con relación al sexo son muy variadas, en esta ocasión me voy a detener en una de ellas que para mí supuso un punto de inflexión muy importante y que me hizo comprender que realmente en el sexo como en la guerra casi todo vale.

Aunque nací en un pueblecito de la Mancha, desde muy pequeña nos fuimos a vivir a una ciudad de Andalucía, pero todos los veranos volvíamos al pueblo donde pasábamos de uno a dos meses. Esta costumbre arraigó mucho en mí y aún cuando me hice mayor, todos los veranos volvía al pueblo.

Aquel verano de 1984 acababa de cumplir 20 años, terminé los estudios de selectividad para ingresar en la universidad, con buena nota y a principios del mes de julio ya me encontraba en mi pueblo. Allí teníamos una casa que era de mis abuelos donde también vivía una hermana de mi madre con su marido y sus dos hijos, uno de ellos mi primo Carlos era dos años más pequeño que yo, pero nos llevábamos muy bien, era un chico maduro de una mentalidad muy abierta y congeniábamos mucho pues no solamente teníamos gustos similares, sino que también nuestras ideas eran comunes.
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Amigas y amantes

Lorena era una buena amiga, nos reuníamos de vez en cuando para hacer las compras o cenar. Teníamos muchas cosas en común, ambas casadas, con hijos y ante todo el mundo un par de respetables amas de casa, con un trabajo fuera del hogar de 8 a 5, en resumen esposas y madres ejemplares o al menos eso pensábamos la una de la otra…

Un sábado de tantos me invitó a quedarme en su casa pues su esposo e hijos se habían ido a pasar el fin de semana a casa de su suegra con la cual Lorena no se la llevaba muy bien.

Cuando llegué a su casa a eso de las 6:00 p.m. me abrió la puerta envuelta en una cobija y sin arreglar.

Marcela: Hola amiguita, y esa facha?

Lorena: Tuve que decirle a mi esposo que estaba indispuesta para que no insistiera en que fuera con ellos pero dame 15 minutos y estoy lista.

Marcela: Qué tienes pensado?

Lorena: Un tipo de la oficina me recomendó un sitio estupendo.

Marcela: Listo amiga, mientras te arreglas me vas contando.

Media hora después salimos en su coche como un par de adolescentes traviesas a pesar que ella cuenta con 31 y yo con 26. Ella llevaba puesto una blusa blanca sin sostén excesivamente escotada que realzaba tanto el tono bronceado de su piel como sus generosos pechos y unos pantaloncitos cortos sin bragas los cuales se metían generosamente por la raja de su hermoso culo. Yo lucía un poco mas formal con mi vestidito negro de una pieza sin sostén también pero si llevaba bragas. En todo caso ambas estábamos hermosas, la blanca y la morena en busca de un poco de diversión esa noche de soltería.

Desde que llegamos fuimos el centro de atención. Esa noche no éramos nosotras y lo mejor era que entre las dos había una complicidad especial por primera vez en varios meses de amistad. Nos sentamos en la barra y unas copas después nos estábamos haciendo confidencias que nunca nos habíamos atrevido a hacernos.

Lorena: Si supieras Marcela… hay cosas de mi vida que no le he contado ni a mi mejor amiga… cosas que si alguien divulgara me acabarían la vida, mi matrimonio, todo…

Marcela: Todos tenemos nuestro lado oscuro Lorena y no creo que sea tan malo. Te propongo un trato, tú me cuentas y yo te cuento…

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Mi burro, mi vecino y yo

Soy maty, querria contaros otra de mis historias.

Siempre he sabido, y no me preguntéis por qué que el sentido del olfato, iba a ser importante para mí, desde pequeña, me encantaba olerlo todo, y me producía sensaciones, que a medida, que fui creciendo, y llegué a la adolescencia,me fueron sedujendo, e incluso, algunos, notaba que me excitaban.

Siendo una adolescente, viví en contacto con animales, y teníamos un burro el cual era muy cariñoso, al que yo adoraba desde niña, yo lo cepillaba, lo limpiaba, y un dia, que lo estaba cepillando, y quitandole, los hiervajos de las partes bajas, empezó a aflorar un bulto de entre sus piernas, yo al prin- cipio, no le di importancia, pero al yo tocarlo, cada, vez aquello crecia mas hasta que empecé a mirar con interés, y a tocarlo…. entonces sí salió vaya si salió, era enorme, sonrosado-rojizo, y yo después de mirar a mi alrededor y cercionarme de que no había nadie, empecé a chuparlo, a masajearlo, y a reflotarlo, por mis enormes e incipientes pechos, y el animal, olía, ohhhh como olía, era a excitación, me gustó, su olor mezclado, con el del establo las algarrobas que allí había, para darle de comer, y….se me ocurrió, co- ger una y empezar a reflotarmela, por mi coñito, y que gusto… luego me la intenté introducir y entró,. … y luego ya os podeis imaginar, me empecé a refrotarme con el pene del burro y….era enorme, un olor….unas sensa ciones, de espasmo, recorrian todo mi cuerpo.

Luego metí un poco la punta en mi sexo.,… y bueno no sé ni cómo describirlo, era para alucinar las sensaciones que sentí, mis pezones eran como dos piedras y….ese olor que me volvía loca, en eso estaba cuando de repente me noté observada, era un vecino mio que debía, llevar rato allí, a juzgar por su expresión, se esta- ba masturbando a mi salud, yo al principio me corté, vaya que me dio ver- guenza, pero luego, al ver que me sonreía, con un guiño, lo invité a parti- cipar desde luego, él no se hizo, de rogar y vino enseguida, despues de cer- cionarse, de que no había nadie a nuestro alrededor.
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Sexo a cuatro

Como cada sábado nos disponíamos a salir de fiesta. Cómo siempre no teníamos ningún sitio a donde ir hasta que una llamada de última hora nos convenció para ir a un rave (fiesta clandestina). Estábamos en mi casa, ya que mis padres estaban de viaje y habíamos montado una cena con otra pareja con la que ibámos a salir, Eric y Núria. Mi novio, Andreu propuso meternos una raya de cocaïna, y por supuesto nadie le hizo ascos. La noche pintaba bien. Hacia poco que habíamos empezado en este mundillo de la música techno inducidos por Núria, que ya había estado en algunas discotecas y nos había propuesto tomarnos pastillas de éxtasis. La verdad es que cuando lo probamos nos pareció la sensación más alucinante que habíamos experimentado nunca. La verdad es que cuando estás en pleno subidón te sientes libre de hacer cualquier cosa, no tienes reparos ni vergüenza y no te importa la opinión de los demás. Por contar una anécdota de entre las muchas que hemos vivido, la primera vez que fuimos a una megadiscoteca acabamos echando un polvazo los cuatro en una de las salas de la discoteca, bajo la mirada atenta de unos cuantos mirones.

Bueno, a lo que ibámos, teníamos sitio, coca y ganas de fiesta, no necesitábamos nada más. Cogimos el coche y nos dirijimos hacia la rave. Nada más llegar, el ambiente nos pareció genial. Había música por todas partes y la gente ya iba muy puesta. Decidimos, animados por el ambiente, meternos otra raya, pero esta vez mucho mayor que la anterior. Ya notábamos que nos iba bajando lentamente el gusto amargo de la coca, y eso era buena señal. Empezábamos a animarnos. Buscamos una sala que nos gustase, y allí nos quedamos. Nuestros respectivos novios salieron en busca de pastillas, y evidentemente, al cabo de un rato volvieron con la mercancía: 10 pastillas que esperaban entrar en nuestros cuerpos. La fiesta siguió hasta las dos del mediodía. Aunque no es habitual sólo nos metimos una pastilla cada uno, pero teníamos ganas de fiesta, y antes de irnos compramos 9 más, para la noche y el día siguiente, ya que decidimos seguir la fiesta en una casa que Eric tiene al lado de la playa. Nuestra sorpresa, al llegar allí, fue de impresión: la casa estaba ocupada por su hermana!!! Y nosotros con un subidón del copón y locos por echar un polvo.
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Cholo, el abuelo y yo

Cuando yo era un joven de 17 años, vivía en un pequeño pueblo del Norte de México. Ese día se celebraba la boda de una de mis hermanas; como es normal, todo el día estuvo muy movido con los preparativos, con los cuales yo colaboré entusiastamente.

A las 6 de la tarde se celebraría la misa de la boda. Como a mi casi nunca me ha gustado el asunto de la religión, me disculpe con mis padres diciéndoles que me daría un baño y que si me hacía tarde me quedaría a cuidar la casa, lo cual les pareció muy bien, sobre todo porque en fechas recientes habían robado en la casa.

Aprovechando que me quedé sólo en casa me bañé con mucho placer, como es natural a esa edad inicié una sabrosa puñeta (paja), creciendo mi excitación enormemente ya que me la hacía con toda lentitud y suavidad al enjabonar mi verga, lo hacía ruidosamente ya que sabía que estaba sólo, con la emoción olvidé cerrar la puerta del baño.

Atraído por mis exclamaciones de excitación entró al baño nuestro fiel perro llamado “Cholo”; éste se me quedo mirando fijamente con cierta ternura, se acercó y empezó a oler los flujos de mi verga, la cual en ese momento estaba dura y con una erección que casi se reventaba. Inmediatamente comenzó a lamerla, lo cual hizo que mi excitación creciera y tras varios lenguetazos y otros tantos jaloneos salieron chorros y chorros de mi verga, lo cual fue lamido por “Cholo” con fruición.
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Pienso relatar mi vida en tres partes. Esta es la primera que va dedicada especialmente a dos de lectores que han mantenido comunicación conmigo. Para ti Daniel Figueroa y Patricia Y.

Martín Soto

Me crié en una familia donde el único varón, a excepción de papá era yo.

Doce mujeres se encargaban de darme todos los mimos y complacer todos mis caprichos. Me restregaban contra sus tetas, me metían entre sus piernas, me bañaban, me alimentaban y me educaban. Dos abuelas, mi madre, tres tías y seis primas. Todas para mí.

Fui convirtiendome en adicto al olor de las pantaletas sudadas. Ese fetichismo fue el primer signo de mi sensualidad. Al mínimo descuido me iba hacia la ropa sucia a buscar pantaletas para endrogarme con su aroma.

Tenía siete años y era todo un experto espiando pubis peludos, tetas de todo tipo y nalgas redondas.

Las mujeres de mi familia me adoraban tanto que poco se cuidaban en esconderme sus atributos .

Mi pene era el orgullo de ellas, se deleitaban hablando de él, me lo acariciaban cuando me bañaban, y después que lo veían erecto empezaban a llamarse unas con otras para observar aquél milagro que Dios les había enviado. Su único varón en mas de treinta años en la familia.

Pero a pesar de todo eso. Lo que me demostraban era nada mas amor filial. Yo era su tesoro inmaculado en quien sus mentes nunca llevaba a pensamientos morbosos.

Pero…..siempre hay excepciones. Mi tía menor y tres de mis primas me harían conocer el sexo años mas tarde.

Siguiendo cronológicamente los hechos les diré que a los ocho años tuve mi primer contacto sexual. Fue con un vecinito de mi misma edad a quién sus primos lo habían iniciado en la mariconería.

Jugando en su casa en una ocasión me propuso a que nos acariciaramos el miembro.

Yo no ví nada malo en eso y acepté. El con mas experiencia tomó mi pene y me lo mamó. De bola que me gustó. Lo malo fue que después díjo que me tocaba hacerlo a mí. Con asco, pero con agradecimiento se lo hice. Seguimos repitiendo esas sesiones a la mínima oportunidad que se nos presentara. Luego pasamos a cojernos, pero eramos tan inocentes que solo nos lo metíamos entre las nalgas y nunca logramos penetrarnos. Aunque él ya estaba cojido por otros mas grandes, yo no tenía el suficiente tamaño peneano para clavarlo bien.

Fue entonces cuando Vicente, que así se llamaba mi vecino, se le fue la lengua y vendió nuestro secreto a los sádicos de sus primos adolescentes.

Pronto dos de ellos esperaron a que Vicente y yo estuvieramos solos a punto de comenzar la sesión rutinaria, para abordarnos y pedirnos participación.

Vicente me preguntó si yo quería hacerlo con ellos.

Preocupado pero descubierto mi secreto pensé que peor sería si no aceptaba la proposición.

Ese día si me cojieron de verdad. Gracias a Dios no tenían vergas grandes.

Primero uno y luego el otro nos cojieron a Vicente y a mí. Luego nos intercambiaron.

Nos pusieron a mamar y saciaron todas sus ganas en nosotros.

Por supuesto que el dolor que me quedó en el culito me alejó de esas prácticas.

No me había gustado para nada esa invasión anal.

Pero corrieron la voz entre los zagaletones del barrio, quienes comenzaron a rondarme pidiendo culo, como si esa vaina estuviera puesto por el gobierno. Ante su chantaje y por el temor que me volvieran a coger, preferí contar todo a mi abuela, quien hecha una furia me dió una paliza. Las mujeres de la familia de vaina no lincharon a los dos chicos singones, que golpeados, arañados y mordidos se perdieron del barrio.
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