Amarse en secreto
18th abr, 2012 by admin
Fue un sábado de invierno lluvioso, de esos que te dejan encerrado en tu casa al lado de la estufa, observando como el agua salpica a través de las ventanas. Habrá sido el gris del ambiente, la quietud de las calles, el frío húmedo… no sé; pero me sentía solo, con una necesidad infinita de saber de ti y escuchar tu voz. Te llamé, afortunadamente estabas disponible, invitándote esa noche a mi casa a cenar.
Ya entrada la noche, y cuando terminaba de poner la mesa suena el timbre. En el portal de la puerta estabas tu, esquivando el agua de la lluvia que aún no dejaba de caer, la cual mojaba tus ropas. Estabas un poco más gordo, con más canas en tus sienes, pero siempre con esa sonrisa: la misma sonrisa sensual, coqueta y acogedora con que me habías recibido en tu casa hace cinco años, después de habernos conocido en un chat.
Habían sido 5 años de ir y venir, en donde cada uno había tenido que sortear un sin fin de problemas. Problemas que no habían sido fáciles de solucionar, con varios tropiezos en el camino, pero con paciencia y coraje habíamos logrado salir adelante. Ahora tu a los 50 años y yo a mis 35, estábamos pasando por un periodo de tranquilidad el cual se nota en nuestras rostros.
No dejó de asombrarme lo positivo y alegre que estabas, como los viejos tiempos. ¡Cómo sino! Si me contabas que tus hijos ya habían terminado la universidad, independizándose económicamente de ti; el divorcio con tu esposa había finalizado sin ningún problema, el trabajo te lo estabas tomando con más calma, respetando los horarios de salida; los doctores te habían dado de alta de todos tus males y ya no estabas tomando más remedios. Yo te escuchaba, feliz por ti, perdiéndome en la brillantes de tus ojos, dándome cuenta que eras como el vino: entre más viejo mucho mejor.
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